Ni tan bueno ni tan malo


Había una vez una gallina que encontró un huevo y, aún sin saber a quién pertenecía, no pudo dejar de seguir su instinto y empollarlo con cariño. Con el tiempo nació un pollo un poco distinto, si bien sí tenía plumas, éstas eran muy oscuras y su tamaño era demasiado grande, incluyendo el pico y las garras.

Pero la gallina le trató como a cualquier otro polluelo y le enseñó las artes del corral. Picar por aquí, esconderse si venía un zorro, estirar las alas para airearse un poco y dar un par de saltitos. Las gallinas cluecas nunca vuelan, cómo mucho conseguían llegar al otro lado del corral, pero siempre teniendo que tomar impulso un par de veces y eso sólo lo conseguían los gallos jóvenes, que siempre son los más atrevidos. El volar y esas cosas eran para las palomas que venían de vez en cuando a intentar aprovecharse del pienso, algo que el gallo se encargaba de mantener a raya.

Poco a poco, el nuevo polluelo se fue convirtiendo en un gallina extraña, algo intimidante quizá. Tenía plumaje pardo, con manchas blancas en las alas y la nuca de color dorado. El pobre animal dormía separado del resto e intentaba estirar sus alas sólo en privado. Cuando lo hacía ocupaba unos dos metros y sabía que al gallo no le hacía ninguna gracia que le tapara con su sombra y no quería que se enfadara.

Una noche escuchó ruidos que le despertaron. Un zorro se acercaba sigiloso pero, al verle, se quedó paralizado. La gallina de plumas pardas creyó que estaba preparando el ataque y, sin pensar, intentó alejarse lo más rápido posible gritando "no me comas, por favor no me comas".

El zorro no salía de su asombro. Veía ante él correr despavorida a un águila real que, en otras circunstancias, no habría dudado en atacarle con fiereza. Pero ¿qué estaba pasando? ¿por qué iba corriendo de esa forma tan rara? ¿tendría las alas rotas? Se acercó cauteloso mientras el águila le miraba aterrorizada con el río a su espalda, sintiéndose atrapada.
"No me comas" imploraba. El zorro, acercándose un poco más, le preguntó "¿tú sabes que no eres una gallina?" El águila extrañada con la pregunta le aseguraba "sí, soy una gallina ¿no lo ves?" 

El zorro suspirando y agitando la cabeza decidió arriesgarse y, con la mayor fiereza que pudo mostrar, se lanzó al ataque. Presa del pánico el águila comenzó a mover rápidamente sus alas mientras veía el agua como única salida. Sin embargo ocurrió algo inesperado, sus patas sólo rozaban el agua y cuanto más extendía sus alas más altura tomaba. Sin darse cuenta ¡estaba volando!.

El zorro, satisfecho, observaba desde la orilla. Probablemente nadie creería su historia, ni falta hacía. Al fin y al cabo tenía una reputación que mantener. Pero para el águila este día sería un nuevo nacimiento y un nuevo descubrimiento en su vida. 

Descubrió que, a veces, el ataque de los enemigos nos ayuda a despertar y la protección de familia y amigos, nos limita. Descubrió que ni uno era tan malo ni lo otro era tan bueno y que encontrar nuestra propia naturaleza, era el equilibrio. 

Así que elige con cuidado qué animal crees que eres. Quizá te salieron plumas de águila y aún no lo sabes.

Comentarios

  1. 'Descubrió que, a veces, el ataque de los enemigos nos ayuda a despertar y la protección de familia y amigos, nos limita. Descubrió que ni uno era tan malo ni lo otro era tan bueno y que encontrar nuestra propia naturaleza, era el equilibrio.'


    Me encanta esta historia y sobretodo esta reflexión😃 Aix 😌 Gracias

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