Cuando la empatía se vuelca en tu vida
A veces ocurre. Tú estás bien, eres feliz, estás a gusto.
De repente hablas con alguien o simplemente te cruzas a esa persona y un halo de tristeza se fija en tus huesos. Sabes que no es tuyo pero en ti lo sientes. Y se mezcla con pequeñas rastas de tristeza propias y te sientes con ganas de estar en silencio, de meterte dentro de ti, de aislarte, de llorar.
¿Cómo hacer que no sea tuyo también cuando eres tú quién lo siente? ¿Cómo consolar a quien llora si realmente tienes ganas de llorar tú también?
Ojalá tuviéramos una varita mágica para cambiar todo ese sufrimiento de un plumazo. Y sí, lo sé, es aprendizaje, pero sinceramente en estos casos mandaría al aprendizaje un poquito a paseo. Y si pudiese ser en compañía de la pena, la tristeza y la empatía, mejor.
Cómo hacerlo….
Respirando. Simple, extraño cuando te pones, efectivo cuando lo haces.
Cómo consolar…
Con amor. Con amor que nace de las puras entrañas, que te alimenta cada día, que te llena tu ser, tu vida.
Cuando la empatía llama a tu puerta respira hondo, recuerda tu centro y ama. Envía amor a esa persona, le conozcas o no, porque le llegará. Y si se llora, si aún así se llora, pues benditas lágrimas que tanto limpian y que aligeran el alma.
Sólo respira, centrada y profundamente…. Respira.


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