Días de enfado -- por Teresa Alcázar




Hay días, a veces son épocas, en los que estás cabreado con el mundo y no tienes muy claro si aislarte, irte a vivir al campo o, simplemente, comenzar a mandar  a la mierda al mundo en general.

Hay días en los que aquello que es conocido como paciencia va con mecha corta, tan corta que un soplo la prende, la agota y explotas.

Hay días en los que destruyes y, entre tanta destrucción, dices la verdad. Al menos tu verdad. Sólo que será una verdad que saldrá con palabras mordidas, tono de exasperación y volumen de “y no me toques más los huevos (por aquello de no decir otra cosa)”

Hay días en los que la verdad sale y con ella una fuerza que da energía pero que, en vez de dar empuje, arrasa. Una fuerza que endurece la mirada, aprieta mandíbulas, te da una postura de buscar camorra y una chulería de “si quieres ven, que hoy te tengo ganas”

Hay días en los que olvidas que todo esto fue por no decir la verdad cuando la sentiste. Por olvidarte cuando querías recordarte. Por obligarte a ser, a hacer y a actuar como no querías.

Hay días en que lo que destruyes con tu cabreo es tu vida, porque simplemente ya no encuentras salida y actúas como haría cualquier animal asustado: atacando cuanto se acerque, ya sea “bueno” para ti o no.

Hay días en los que destruyes intentando encontrar la tecla que hizo que todo esto comenzara para volver a apretarla y ver si cambia la cosa. En la que quieres creer que si se rompe todo quizá haya posibilidades de rehacer las cosas de mejor forma. Al menos de una forma en la que no acabes así.

Hoy me encontré con una persona enfadada con el mundo. No quise tranquilizarle, ni decirle no pasa nada, porque sé que sí pasaba. Tampoco quise invitarle a que pensase en positivo, diese las gracias por lo que tiene o lo valorase. No lo hice porque no tenía ganas de dar de comer a su mal genio. Sólo le hice reír. Y toda esa energía que arrasaba y destruía cambió a una mirada suave, una sonrisa agradable, unos hombros bajos, una actitud cercana y un mensaje “qué ganas de emborracharme y pasarme un día de juerga”

Hoy me encontré con una persona enfadada con el mundo pero no me enfadé ni se lo reproché. Cuando volvió de su aislamiento me tomé una cerveza con él y pudimos mantener una conversación sincera, directa, clara y también llena de cariño.

Hoy esa persona recordó que es necesario decir la verdad más a menudo, decir lo que siente más a menudo, antes de transformarse pero que, si se transforma, existe una cura: la risa en buena compañía.

Después solo queda ver bajar el nivel de la riada y escoger cuantas cosas hay que tirar, limpiar y colocar. Eso sí, recordando no volver a acumular.

Y tú ¿cuántas verdades llevas acumuladas en tu interior? Permite que salgan cuando aún pueden hacerlo tras una sonrisa. Si continúan en tu interior, si te sigues obligando a hacer sin hablar, un día te enfadarás y no sabrás qué ocurrió el día que querías mandarlo todo a la mierda.


Comentarios

  1. Qué bonito miras a los que nos enfadamos. Me ha refrescado y hecho reír al leerlo. Muchas gracias por tu cariño en estos enfados, donde yo aprendo a quererme.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares