La casa de la esquina
En un rincón entre calles, carreteras y
edificios altivos se alza una casita de una planta, con su jardín y su cercanía,
esa calidez de cuando Alcalá aún era amigable y la gente se saludaba por las
calles.
Su jardín frontal siempre me ha
enamorado, con sus rosales de todas las formas y colores que crecen y trepan
para embellecer con su color el gris del asfalto. Ese gris que, a veces, toma
la ciudad.
Siempre me había preguntado quién viviría
allí. Tenía tantas ganas de decirle que sus rosales eran un regalo cada día, de
darle las gracias por embellecer un poco más el mundo.
Y la vida, con esos regalos que a veces
te ofrece, me ayudó a conocerla.
Íbamos paseando hacia el río cuando vi a
una señora peleándose con el contenedor de la basura. Parecía tan frágil y
pequeña a su lado… No tenía la fuerza necesaria para presionar con el pie la
barra ni la altura para poder abrirlo con la mano. Y allí estaba la mujer,
intentado no dejar su bolsa de basura en la calle pero sin facilidades para
lograrlo (¿podríamos quizá diseñar algo mejor?)
Le miraba en su pelea mientras me
acercaba y, llegando a su altura, me
salió mi inevitable (y querida) frase “¿Puedo ayudarla?”
Siempre me resulta gracioso la inspección
ocular a la que te ves sometida en estos casos. Me resulta gracioso pero lo
entiendo. El mundo se ha ido convirtiendo en un lugar más inhóspito donde no
puedes permitirte el lujo de confiar en desconocidos. Debí de parecerle buena
gente porque, tras su escrutinio, me brindó una gran sonrisa y un sí por
respuesta. Mientras arrojaba su bolsa de basura al contenedor ella me contó su
pelea cada noche con el mismo y yo pude seguir a mi intuición y preguntarle si
no sería su casa la de los bellos rosales. Lo era. La vida me estaba dando la
oportunidad de darle las gracias y alabar la belleza de su jardín y su esmero
cuidado.
-Bueno ahora ya estoy esperando a mi
nieto a que venga a podar- me dijo -ya no es como antes y no puedo hacerlo
sola.
Me habría quedado a vivir unos días en su
casa por ayudarla.
Esa fue la oportunidad y la única vez que
la vi pero siempre pensaba en ella cuando pasaba por delante y veía los brotes,
las rosas, las hojas, su color. Siempre.
Un día lo vi descuidado y me entristecí,
creí que algo le había ocurrido y que esa bella mujer ya no podría disfrutar
nuevamente de su jardín. Pasado un tiempo volví y, nuevamente estaban todos los
rosales podados y cuidados.. ¡Cuánto me alegraba de haberme equivocado! Lamentablemente
no fue una alegría duradera. En realidad ella ya no estaba, sólo se había
adecentado el lugar para atraer a sus nuevos inquilinos. Y entonces, un día,
arrancaron los rosales, solaron el jardín y lo pintaron todo, fachada, verja,
todo, de marrón.
Y así, la casa de la esquina, también se
volvió gris.
A veces no nos damos cuenta de cómo
alegramos y coloreamos nuestro alrededor. A veces no nos damos cuenta de que
nuestro gato, canario, cactus, cuadro, bailes, cantos, sonrisas…. están
embelleciendo un poco más el mundo y dándole color.
Cuando paso por la casa de la esquina le
deseo lo mejor a ese Ser que iluminó con sus rosales la calle y deseo que todos
podamos tener esa luz y ese color para hacer de este mundo algo mejor y así
coloreo mi día.
Y tú ¿plantaste ya tus rosales?



Muy buena reflexión, muchas gracias por compartirla ☺️
ResponderEliminarA plantar Rosales!!
Me encanta! Tomo los colores y a embellecer🌷🌹🍀🍁!!
ResponderEliminarGracias🌹🌸🙏 Por mostrar valor a la belleza y color cotidiamos. Yo disfruto mientras (aprendo) cuido a los rosales y las orquídeas que acogí en mi hogar. Es un regalo verlas crecer y florecer. Me reconforta leerte.🌱❤
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