Favores


Hoy he ayudado a cruzar la calle a un anciano. Iba enfrascada en el móvil (uhm.. que poco me gusta eso) pero levanté la cabeza y allí estaba. Con su barra de pan bajo el brazo, su espalda cansada y encorvada, con sus pantalones de pana y su chaqueta del mismo tejido. Debajo un jersey. Me encantan, siempre arreglados, aunque sea a su manera, hasta para ir a por el pan.

Allí estaba, esperando, en la carretera, a menos de dos metros del paso de peatones. ¿Qué esperaría en realidad? A veces me pregunto si, a cierta edad, uno espera que la juventud llegue con uno de esos coches que circulan a toda prisa y se quede ahí, adherida a la piel, como se queda el humo y, en ese momento, uno se transforma y puede correr dos carriles sin que se mueva la barra de pan.

Probablemente así habría ocurrido y habría visto al encantador anciano llegar al otro lado con olor a humo y sensación de superhéroe. Probablemente pero, esta vez, me dio por intervenir.

Así que crucé por parte del paso de peatones y en el siguiente carril fue en diagonal a su encuentro. El hombre me dejó ponerle una mano en su hombro mientras le animaba a acercarnos al paso donde había más posibilidades de que los coches pararan (sí, digo posibilidades, eso es algo que no siempre se cumple)
¿Por qué no intenta cruzar por el paso de peatones?, pregunté – qué más da, me dijo. Quizá volvía a tener razón pero seguía queriendo ayudarle a cruzar.

Curiosamente la furgoneta que había parado en el paso de peatones para dejarme pasar a mi no se había movido ni un ápice. Seguían atentos nuestros movimientos como si, lo que estaba sucediendo,  fuese algo nuevo y desconocido en sus vidas. Incluso nos hicieron un saludo reverencial con la cabeza cuando agradecimos que siguieran parados esperando a que cruzásemos al ritmo del señor con su barra de pan. Y aún siguieron contemplando nuestro periplo por el retrovisor mientras avanzaban a un ritmo muy, muy lento. De repente no tenían prisa. Curiosidades de la vida supongo.

Y ahí estamos, por fin en la otra acera. Y yo me siento a gusto y feliz.

¿Por qué? ¿por ayudar o por mi? Así que sonrío porque en ese momento soy consciente de varias cosas.

  • Una: He sido yo quién ha decidido que el anciano necesitaba ayuda aun sabiendo que él solo lo habría conseguido solo que tardando más.
  • Dos: Soy yo quien elige ayudar. Por mi misma y para mi propio bienestar no por el del otro.


Y este último punto es algo que siempre nos cuesta querer ver.

Puede que alguien nos pida ayuda pero seré yo quien elegirá si quiero o puedo dársela. Puede que, como en este caso, la ofrezcamos nosotros sin más pero, al igual que cuando nos piden un favor, la decisión es nuestra. Seguimos siendo nosotros mismos los que decidimos qué hacer y, normalmente elegimos ayudar porque nos sentimos bien con nosotros mismos si lo hacemos o porque nos da miedo sentirnos malas personas si no. Y eso, al final, sólo es juicio y ¿en base a qué criterio nos juzgamos con tanta severidad?

O quizá solo ayudamos porque necesitamos nuestra propia ayuda y se nos olvidó cómo hacerlo. El motivo puede ser variable pero el resultado siempre es el mismo: buscamos estar a gusto con uno mismo.

Cuando me despedí del señor me regaló una sonrisa, un gracias hija y su dirección. Creo que, para haber hecho algo para mí misma, no podría tener mejores regalos. Porque al fin y al cabo cuando hacemos algo por nosotros mismos lo hacemos por los demás y cuando hacemos algo a los demás nos lo estamos haciendo a nosotros mismos.

Gracias señor con su barra de pan, gracias vida y gracias a mi misma por permitirme ayudarme ayudándole a él. Gracias por hacerme un favor.

Comentarios

Entradas populares