Esperando el momento
Siempre me ha llamado la atención cómo nos pasamos una gran
parte de nuestra vida esperando. Esperamos el mejor momento para hablar con el
jefe, esperamos a estar preparados para tener una relación, esperamos que nos
llame antes de llamar, esperamos para aprender a, esperamos para soñar,
esperamos para tener un hijo, esperamos para acostarnos con él o con ella (casi
siempre por el qué pensará), esperamos a cambiar de trabajo porque las cosas
están difíciles o porque ¿a dónde voy a ir?, esperamos a aprender a querernos,
esperamos a saber valorar lo que hay frente al espejo (sí, un par de
arruguillas ¿pero te has fijado en la sonrisa?), esperamos a que pase un tiempo
antes de decidirnos vivir juntos, esperamos irnos de casa, esperamos para decirle
lo que sentimos (y lo que es genial, esperamos que el otro lo sepa), en
definitiva, esperamos para vivir, esperamos para cambiar nuestra vida y, lo
mejor de todo, es que esperamos que algo suceda que la cambie sin hacer nada.
Es entonces cuando la vida, con ese humor negro que a veces
se auto confiere, nos regala el cambio. Pero no exactamente como queríamos. No
suele suceder que un buscador de talentos nos encuentra en el metro o que el
fotógrafo más famoso nos reclama para su próximo trabajo. A veces ocurre pero
desde luego no es lo habitual. Esta vida maravillosa nos sorprende y nos da
justamente lo que pedimos. ¿Querías cambiar de vida? Probablemente te traiga el
cambio: un despido, una ruptura, un accidente o, siendo menos trágicos, un
“toque” de atención que te haga despertar.
Y en ese momento en vez de despertar nos asustamos y nos
encogemos y volvemos a esperar. Sólo que esta vez esperamos que no cambie nada.
Que no me despidan, que sólo haya sido una bronca, que no me mire, que…. Y se
nos olvida. Se nos olvida querernos y creer en nosotros y pensar que quizá,
sólo quizá, sí podemos.
Aunque existe un caso en el que sí nos damos cuenta que es
mejor vivir y no esperar: cuándo creemos que ya no queda tiempo. Y aún así, con
mucha ironía, nuestra mente vuelve a jugárnosla y nos hace esperar de nuevo.
Esperar que sí haya tiempo, que exista una nueva oportunidad, esperar que sea
un error y podamos tener la oportunidad perdida.
En realidad todo esto lo sabemos. Cada día de nuestra vida,
en cada momento. ¿Qué necesitamos para romperlo, para cambiar este hábito? ¿qué
nos tiene que ocurrir para que podamos vivir cada de nuestras vidas intentando
averiguar dónde puse el límite?
De pequeña me gustaba nadar en el mar e ir a buscar la raya.
En la última boya ataba el bañador y me lanzaba en su búsqueda, hasta que
quedaba agotada… pero viva. La raya era la línea que separa el mar del cielo.
Qué decir tiene que nunca llegué y está claro que en alguna marea con resaca me
llevé algún susto que puso a prueba mi límite físico y psíquico. Pero siempre
llegué a la orilla con la sensación de tener vida corriendo por cada una de mis
arterias y retornando por cada vena. Siempre tuve la sensación de haberme
convertido en mar y haber encontrado mi propio límite un poco más lejos. Quizá
se trata de ser de nuevo pequeños y vivir sin miedo. Sin miedo a perder, porque
nada tenemos. Sin miedo a intentarlo porque nada perdemos.
No sé dónde está en tu vida esa raya que separaba el cielo y
la tierra pero ¿sabes? creo que merece la pena buscarla.
Deja de esperar y ponte a nadar.


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