Una pequeña historia sobre límites impuestos




Nunca dejes que otros te digan lo que puedes o no llegar a conseguir. Que las palabras nunca te limiten y que siempre seas tú mismo quien decida hasta dónde quiere llegar. Como en esta pequeña historia se puede conseguir con determinación y fe todo cuanto se desee fervientemente...
En la pequeña escuela rural había una vieja estufa de carbón muy anticuada. Un chiquito y su hermano tenían asignada la tarea de llegar al colegio temprano todos los días para encender el fuego y calentar el aula antes de que llegaran su maestra y sus compañeros.
Una mañana, llegaron y encontraron la escuela envuelta en llamas. Sacaron al niño inconsciente más muerto que vivo del edificio. Tenía quemaduras graves en la mitad inferior de su cuerpo y lo llevaron urgente al hospital del condado. Su hermano no tuvo tanta suerte. Tenían 8 y 10 años.
En el hospital, el niño horriblemente quemado oía al médico que hablaba con su madre. Le decía que seguramente su hijo moriría que era lo mejor que podía pasar, en realidad -, pues el fuego había destruido la parte inferior de su cuerpo. Pero el valiente niño no quería morir. 
De alguna manera, sobrevivió.
Una vez superado el peligro de muerte, volvió a oír a su madre y al médico hablando. Dado que el fuego había dañado gravemente las extremidades inferiores de su cuerpo, le decía el médico a la madre, habría que amputar las piernas del pequeño.
Sin embargo la desazón del pequeño fue tal que sus padres no lo permitieron y sus piernas no fueron amputadas. Los médicos predijeron que nunca podría volver a caminar. Había perdido toda la carne en las rodillas y espinillas y todos los dedos de su pie izquierdo. Además, su arco transversal había quedado prácticamente destruido. 
Una vez más el valiente niño tomó una decisión. No sería un inválido. Caminaría. 
Pero desgraciadamente, de la cintura para abajo, no tenía capacidad motriz. Sus delgadas piernas colgaban sin vida.
Todos los días, su madre le masajeaba las piernas, pero no había sensación, ni control, nada. Aún así nunca dejó de hacerlo.
El niño, cuando no estaba en la cama, estaba confinado una silla de ruedas. Sin embargo su determinación de caminar era fuerte.
Una mañana soleada, la madre le llevó al patio para que tomara aire fresco.
Ese día, en lugar de quedarse sentado, se tiró de la silla impulsándose sobre el césped, arrastrando las piernas.
Llegó hasta el cerco de postes blancos que rodeaba el jardín de su casa. Con gran esfuerzo, se subió al cerco. Allí, poste por poste, empezó a avanzar por el cerco, decidido a caminar.
Empezó a hacer lo mismo todos los días hasta que hizo una pequeña huella junto al cerco. Nada quería más que darle vida a esas dos piernas.
Por fin, gracias a los masajes diarios, a su persistencia férrea y a su resuelta determinación, desarrolló la capacidad, primero de pararse, luego de caminar tambaleándose y, finalmente, de caminar sin ayuda.
La primera vez que había conseguido caminar habían pasado dos años desde el incendio.
El pequeño comenzó a ir caminando al colegio. Después iba corriendo, por el simple placer de correr. Más adelante, en la universidad, formó parte del equipo de carrera sobre pista. 
Años después, este joven al que no dieron esperanzas de sobrevivir, al que le dijeron que nunca caminaría, terminaría siendo considerado por muchos como el mejor corredor de una milla de su país de todos los tiempos.
Este joven se llamaba Glenn Cunningham.

Fotografía: Wikipedia 

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