Segunda oportunidad



Siempre me he dejado arrastrar por personas que creaban sitios y permitían que éstos heredaran su personalidad. Me ocurre con el taller donde llevo diez años acudiendo o con el herbolario regentado por un mago de simpática barba y vivos ojos. Son las personas que trabajan cada día los que han impregnado, e impregnan, de magia, honestidad y buen hacer sus lugares de trabajo y negocios.

No fue una excepción cuando conocí a Elena (permitidme que no diga su verdadero nombre). Trabajadora incansable, ofrecía siempre un magnífico desayuno acompañado de una maravillosa sonrisa detrás de la barra del bar donde trabajaba cada día.

No, no era suyo, pero ponía la misma entrega y dedicación como si lo fuera. Así, cada día, me amoldé a su tostada con tomate y sus conversaciones con sonrisa.

Sin mucha dificultad fuimos intimando. Sabía cuándo estaba triste o enfadada, cuándo alguno de sus hijos estaba enfermo, cuándo su ex marido le daba algún disgusto, cuándo echaba de menos no trabajar 12 horas y estar paseando con los niños. Sabía que su sueño era estudiar medicina. Ser médico era su vocación secreta, su sueño. Inalcanzable para ella en su día a día. Y yo llegaba, la veía y sabía. Sin hablar muchas veces ya sabía.

Así fue hasta que me comentó que tenían que operarla. Nerviosa, me contaba que la operación no era complicada pero ¡era una operación! Intenté transmitirle serenidad y calma aún siendo consciente que en esos casos, como mucho, reconfortas.

Pasaron unas semanas hasta que pude volver a verla. Sabiendo que no estaba, había acudido en raras ocasiones y, en todas, a preguntar por ella. Cuando volvió me alegré mucho de ver que estaba bien, de poder preguntarle en persona, de abrazarla y volver a ver su sonrisa.  Sin embargo esta vez, algo había cambiado.

Con extremo cuidado me dejó entrever que necesitaba hablar de algo, que algo ocurría. No tuve dudas y, como  me ha sucedido en otras ocasiones, le dejé mi tarjeta, mi número y mi bendición para llamarme a la hora que necesitara. Así lo hizo y así me contó:

Me estaban operando, yo lo sabía, al igual que sabía que algo no iba bien.  Sabía que me estaba muriendo, que mi alma, espíritu o como se quiera llamar, abandonaba mi cuerpo. Sentía mucha  inquietud y movimiento a mi alrededor pero realmente ¡estaba tan cansada! Era tan fácil dejarse llevar por ese silencio que se acercaba y esa luz…
 Era una luz maravillosa - me contaba-.  Yo veía esa luz, como dicen en las películas. Te lo digo de corazón Teresa, allí había una luz que se acercaba, como en un túnel  ¿Cómo voy a poder contarle esto a alguien sin que piense que estoy loca? ¿Me crees? ¿Crees que estoy loca? – Y yo con amor le respondía que por supuesto que la creía y, con cariño,  ella continuaba.-  Pasé la luz pero allí había alguien. No sé quienes son ni podría describírtelos, pero estaban allí y me hablaban. Sé que estaban ahí. Yo sólo pensaba en mis niños ¿cómo iba a dejar solos a mis niños? sólo me tienen a mí – sus ojos se llenaban de lágrimas- 
Yo quería volverme y no podía. Ellos me dijeron que había muerto. Les dije que no podía, que estaban mis niños, que tenía que volver. Me dijeron que mi tiempo había llegado a su fin y que no había hecho las cosas para las que vine. Decían  que no estaba viviendo mi vida, que yo no había venido para esto..  Imagina que alguien te dice que has desperdiciado tu vida y sin embargo ya es tarde…. había desperdiciado mi vida, y yo sólo les hablaba de mis hijos ¿cómo poder dejar solos a mi hijos? Tenía que volver ¡por ellos¡
Entonces me dijeron que sólo me darían la oportunidad de volver si lo cambiaba. Tenía que cambiar mi vida, me darían otra oportunidad pero tenía que vivir mi verdadera vida. Tenía que hacer otra cosa. Oh, Teresa, ni siquiera sé  lo que tengo que hacer, pero no podía dejar solos a mis niños. Aunque en el fondo siempre he sentido que tenía que haber venido a este mundo para algo ¿verdad?
Eres la única persona a la que se lo he contado…. Y sé cómo suena todo esto pero te juro que es verdad. Y volví, sentí que me reanimaban, sentí  cómo me hacían volver…. Y ahora no sé qué tengo que hacer… - cambiar tu vida, dije, estudiar como soñabas, pedirle a la vida otro trabajo que te permita hacerlo. Si te han permitido volver te ayudarán a que cambies. La vida siempre nos da esa oportunidad y reúne los momentos y casualidades para nosotros – Sí, lo sé… gracias por creerme y escucharme…

Fue nuestra penúltima conversación, tras la cuál, tal y cómo le habían dicho, cambió su vida. Un día volví y ya no estaba, me dijeron que lo había dejado y que ya no trabajaba allí. Siempre he querido imaginarla estudiando medicina. No he vuelto a por desayunos pero sí la recuerdo a ella y a su segunda oportunidad. Creo que todos deberíamos dedicarnos un momento y escuchar… escuchar a nuestro Ser, a la vida, a nuestro corazón… quizá podamos tener una segunda oportunidad sin tener que morir. 

Teresa Alcázar

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