ECHAR A VOLAR
Creo que la vida nos llena de pequeños detalles que se nos pasan desapercibidos aún cuando muchos de ellos contienen esencias eternas.
Hay un nido de cigüeñas que veo todos los días y que, de algún modo, he hecho mío.
He visto crearse a la pareja, tener sus bebitos, darles de comer, comenzar a crecer e, incluso, ver morir a una de ellas. Las cigüeñas me parecen hermosas y sólo (si realmente puedo emplear esta palabra aquí) verlas en cada uno de esos momentos me produce un sentimiento y me sacan, más de un día, una sonrisa.
Sin embargo esta vez sí que tuve la gran suerte de compartir con ellas uno de los momentos más mágicos que podía imaginar. El primer vuelo.
Vi a la pequeña lanzarse intentando estabilizarse moviendo sus patas perpendiculares al suelo y aleteando unas alas enormes, que deben de pesar una barbaridad. La vi perder altura y me asusté. La carretera estaba muy cerca y los camiones tienen demasiada altura, pero con aplomo, fuerza y una energía increíble, empezó a estabilizarse. Con sus patas aún perpendiculares, pero firmes y paralelas, comenzó a avanzar sobrevolándome, ganando altura y alejándose, colocando sus patas pegadas a su cola como una extensión de su cuerpo.
Insegura y valiente. Creo que ese valor hizo que, para mis ojos, fuera uno de los vuelos más elegantes que jamás había visto.
Hoy he vuelto a verlas y tanto ella como sus hermanos se lanzan sin miedo, ya fuertes, sin perder su estabilidad y con una elegancia que acaricia el cielo.
Quizá deberíamos dar el primer paso y echar a volar y eso puede ser de muchas maneras. Porque echar a volar no es sólo por nosotros y nuestros sueños, si no por el valor de dejar que los que están a nuestro lado, los que queremos, lo hagan.
Quizá podemos atrevernos y tratar de perseguir un sueño. Quizá podemos atrevernos y dejar libres a nuestros hijos, a nuestra pareja, a nuestro hermano, a nuestra hermana pequeña. Quizá nos demos cuenta que todos, absolutamente todos en esta vida, tenemos que echar a volar y aunque asuste, a todos, aunque nos parezcan o parezcamos poco preparados, el valor nace de nuestro corazón, solo del nuestro, y nunca podemos decidir por nadie más. Y nadie puede decidir por nosotros. Cada persona, cada ser, siente su momento dentro de ella y cuando eche a volar siempre podremos mirar orgullosos su valor, aunque nos asuste.
Porque un día, al igual que la cigüeña, volarán y volaremos así que ¿por qué aferrarse? Suéltate, suéltale...y vayamos a surcar el cielo.
Hay un nido de cigüeñas que veo todos los días y que, de algún modo, he hecho mío.
He visto crearse a la pareja, tener sus bebitos, darles de comer, comenzar a crecer e, incluso, ver morir a una de ellas. Las cigüeñas me parecen hermosas y sólo (si realmente puedo emplear esta palabra aquí) verlas en cada uno de esos momentos me produce un sentimiento y me sacan, más de un día, una sonrisa.
Sin embargo esta vez sí que tuve la gran suerte de compartir con ellas uno de los momentos más mágicos que podía imaginar. El primer vuelo.
Vi a la pequeña lanzarse intentando estabilizarse moviendo sus patas perpendiculares al suelo y aleteando unas alas enormes, que deben de pesar una barbaridad. La vi perder altura y me asusté. La carretera estaba muy cerca y los camiones tienen demasiada altura, pero con aplomo, fuerza y una energía increíble, empezó a estabilizarse. Con sus patas aún perpendiculares, pero firmes y paralelas, comenzó a avanzar sobrevolándome, ganando altura y alejándose, colocando sus patas pegadas a su cola como una extensión de su cuerpo.
Insegura y valiente. Creo que ese valor hizo que, para mis ojos, fuera uno de los vuelos más elegantes que jamás había visto.
Hoy he vuelto a verlas y tanto ella como sus hermanos se lanzan sin miedo, ya fuertes, sin perder su estabilidad y con una elegancia que acaricia el cielo.
Quizá deberíamos dar el primer paso y echar a volar y eso puede ser de muchas maneras. Porque echar a volar no es sólo por nosotros y nuestros sueños, si no por el valor de dejar que los que están a nuestro lado, los que queremos, lo hagan.
Quizá podemos atrevernos y tratar de perseguir un sueño. Quizá podemos atrevernos y dejar libres a nuestros hijos, a nuestra pareja, a nuestro hermano, a nuestra hermana pequeña. Quizá nos demos cuenta que todos, absolutamente todos en esta vida, tenemos que echar a volar y aunque asuste, a todos, aunque nos parezcan o parezcamos poco preparados, el valor nace de nuestro corazón, solo del nuestro, y nunca podemos decidir por nadie más. Y nadie puede decidir por nosotros. Cada persona, cada ser, siente su momento dentro de ella y cuando eche a volar siempre podremos mirar orgullosos su valor, aunque nos asuste.
Porque un día, al igual que la cigüeña, volarán y volaremos así que ¿por qué aferrarse? Suéltate, suéltale...y vayamos a surcar el cielo.



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